La cara más sensorial del indie

La cara más sensorial del indie

Coronado como el gran referente del cine indie en la capital catalana, la edición de 2016 del Americana Film Festival convocó a un grupo de películas que, en su diversidad, presentaron como principal nexo de unión un interés por el áspero universo de las relaciones interpersonales, con la mirada puesta también en la conflictiva relación de muchos de los protagonistas con sus respectivos entornos. Como jurado de la sección NEXT, tuve la oportunidad de visionar una serie de películas de jóvenes directores que revelaban un deseo por conectar con el público desde una perspectiva tanto temática como sensorial. Así, el festival se convirtió para mí en un carrusel de experiencias vivenciales que me transportaron a diferentes lugares y tiempos en los que “sentir”: descubrir el placer de la incomodidad o simplemente disfrutar.

El primer film-experiencia en el que me adentré fue Cronies (2015), segundo largometraje del director Michael Larnell, que narra la vida de Louis, un joven de clase media baja de Missouri, y su relación con sus amigos. La película funciona como una especie de docu/ficción que halla su fuerte en su vigor narrativo y en su compromiso con la turbia existencia de los personajes. Mediante una serie de entrevistas que realiza el “documentalista” a Louis y a sus amigos, el director nos hace partícipes de ciertos dramas que sucedieron en el pasado y de la codependencia entre Louis y Jack, dos jóvenes que no tienen nada en común pero que siguen unidos por la fuerza de la costumbre, una amistad que parece ser frágil al inicio pero que se va fortaleciendo poco a poco a lo largo de la película. De manera fluida y natural, los acontecimientos son narrados desde un tono de ficción pero con ligeros matices de documental, fabricando así una suerte de collage antropológico sobre la conflictiva realidad racial norteamericana (vale la pena apuntar que la película está apadrinada por Spike Lee).

Cronies 2

Otra de las experiencias interesantes del Americana fue el visionado de Take Me to the River de Matt Sobel, que aborda las interrelaciones de una familia dividida entre unos pocos habitantes de la América cosmopolita y una mayoría de moradores de la América profunda. Civilización y salvajismo, uno de los temas recurrentes del cine yanqui. La película extiende sus tentáculos hacia temáticas como la homosexualidad, el despertar sexual y la envidia, entre muchas otras, con una tesis que se plantea de forma directa pero que se va desdibujando a medida que avanza el film. Estamos ante una obra escurridiza en términos estilísticos. La película empieza con la presentación del personaje Ryder, un chico californiano homosexual que acompaña a sus padres a visitar a la familia de la madre en Nebraska. Allí empiezan a tener enfrentamientos con el ala conservadora de la familia por detalles como unos pantalones muy cortos o unas gafas de sol retro. Así, el joven Ryder es alienado por el clan y censurado por su propia madre.

Los primeros 15 minutos de la película son de un empuje narrativo-sensorial sublime: se puede palpar la tensión en cada uno de los planos, sobre todo cuando emerge el conflicto que disparará la acción: Ryder es acusado de haber violado a su prima de 7 años. Después de este arranque, la película entra en una espiral de incertidumbre: las decisiones de los personajes resultan bastante cuestionables. Da la impresión de que la sinrazón imperante en el escenario del film se transmitiera al relato, algo que termina trasladándose también al tono, que por momentos parece juguetear con un tipo de comedia negrísima, para luego precipitarse sobre el drama. La tensión va emergiendo y desapareciendo como por arte de magia. Podríamos hablar de desequilibrio, no queda claro si buscado o involuntario. A nivel técnico, la película es prodigiosa: hay un ingente trabajo con la luz natural, con objetivos de 55mm para acentuar el naturalismo y de vez en cuando grandes angulares para remarcar el desequilibro que está viviendo Ryder. La cámara en steady sigue al protagonista desde la espalda: la cámara (y por lo tanto el espectador) juzga, persigue. A la postre, Sobel construye una oda a la incomodidad que recuerda a la La Caza de Thomas Vinterberg, aunque en este caso la incertidumbre del tono se impone a la claridad en la confección psicológica de los personajes.

take-me-to-the-river

Por su parte, la película People, Places, Things se presenta como una comedia que nos traslada al corazón del Nueva York que hemos visto en un sinfín de dramas indie, sitcoms o comedias costumbristas. La historia apunta hacia el tópico de la ruptura amorosa, pero consigue conectar con el espectador gracias a unos diálogos inteligentes y un sentido del humor bastante negro. La película (que saca buen provecho del “arte” del protagonista, un neurótico autor de cómics) nos hace sentir parte del universo existencial y sentimental de Will Henry (un sobrio Jemaine Clement), un hombre que, tras ser abandonado por su esposa, empieza a perder el control de su vida. Este sofisticado dramedy apela directamente a la conciencia y sensibilidad del espectador y pone de relieve la laberíntica naturaleza de la soledad, el amor, la amistad y la paternidad, sobre todo en esos momentos en que todo parece ir mal.

They Look like People 2

Respecto a la ganadora del premio de la sección NEXT, They Look Like People, fue una grata sorpresa. A pesar de no ser muy devoto de las películas de terror psicológico, ésta me arrastró hacia sus turbulentos ambientes, texturas y emociones. Con una narrativa compacta, el director logra mantener la tensión en cada momento, contrastando un poco de humor con el problema psicológico que sufre el protagonista. They Look Like People nos acerca a la trastornada realidad de un hombre esquizofrénico que piensa que las personas a su alrededor se están convirtiendo en monstruosas figuras alienígenas, y que cree saber el día y la hora en que van a atacar de forma organizada. El film invita al espectador a compartir el desconcierto del protagonista, lo que convierte el visionado del film en un himno a la confusión, a la realidad como enigma indescifrable. Si bien es cierto que algunas de las interpretaciones dejan bastante que desear, la película, realizada con un presupuesto bajísimo, sabe explotar sus recursos al máximo.

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Para  cerrar con broche de oro el festival, se proyectó la maravillosa Yosemite. Sin duda alguna, una obra de una poética hermosa y desbordante que nos habla desde el silencio y desde la visón infantil de ciertas situaciones. Un filme intimista de pies a cabeza donde un relato dividido en varios capítulos nos narra la vida de varios niños y su manera de afrontar ciertas etapas de la vida; la muerte, la amistad, el miedo. Todo bajo una atmósfera nostálgica y una fotografía hipnótica. Como ocurre con la mayoría de las películas que disfruté a lo largo y ancho del Americana, Yosemite es una obra que debe ser vista, pero sobre todo sentida.

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