Antes del amanecer – El proyecto vital de Linklater

Antes del amanecer – El proyecto vital de Linklater

Las dificultades a la hora de elaborar una lista que señale las películas más influyentes del cine independiente americano son diversas. Suele ser una suerte de tormenta de ideas la que apunta una serie de directores que por diferentes motivos deben figurar obligatoriamente en ella. Y una vez que se han escogido los autores imprescindibles, el repaso exhaustivo a su filmografía culmina en una labor de reflexión que determina la película elegida para ser elevada a los altares del Olimpo indie. Así llegamos a Richard Linklater, director que indiscutiblemente debe formar parte de este ranking, y aparecen las pertinentes dudas al examinar el grueso de su filmografía. ¿Debería el audaz crítico escoger Slacker, realizada con veinte mil dólares en los albores de lo que fue llamado el nuevo indie americano?, ¿Waking Life o Scanner Darkly, obras de un profundo sentido filosófico que mezclaban personajes reales con escenarios animados?, ¿o quizá The Tape, también de bajo presupuesto, rodada con inusitada versatilidad en un solo escenario?

A tenor de lo comentado es posible que Antes del amanecer no se revele como una opción fuerte a las primeras de cambio. Pero, dejando al margen su comparación con películas tan variadas como las citadas –en las que aun así pueden encontrarse concomitancias tanto a nivel estilístico como temáticas- la elección resulta justificada si se atiende a dos cualidades, una que describe sus méritos como unidad individual y otra, más importante aun, que la convierte en una pieza – o más bien trilogía- única en la historia cinematográfica. La primera tiene que ver con una puesta en escena sutil que se sirve de una cámara en continuo movimiento para acompañar a una pareja de desconocidos que se enamoran durante una larga noche, narrada casi en tiempo real, mientras caminan a través de las calles vienesas. Las prolongadas secuencias, que tienen lugar generalmente entre los exteriores de la ciudad y diversos medios de transporte en los que el plano se cierra para motivar el acercamiento de los amantes, propician a su vez inteligentes conversaciones que fluctúan entre el idealismo del primer encuentro y la racionalidad a la que obliga la caducidad de una cita encerrada en los límites que imponen los inexpugnables horarios que les llevan de vuelta a su realidad. Muestra, entre sonrisas y miradas cómplices, una “poesía de lo cotidiano” que tendrá ocasión de desarrollarse con similar autenticidad en los siguientes capítulos de la saga.

No obstante, la importancia de Antes del amanecer se hace más evidente como proyecto vital de un director empeñado en jugar con la temporalidad cinematográfica –no es casualidad que su próximo estreno, Boyhood, comenzase a rodar en 2002 los acontecimientos más importantes de la vida de un actor-. Así, la trilogía, probablemente cerrada con Antes del atardecer y Antes del anochecer, continúa a nivel formal con las claves de la primera, pero en el capítulo narrativo supone una innovación inaudita, basada en el seguimiento de una pareja a lo largo de dos décadas, que trasciende los límites de lo cinematográfico. La trilogía es, de esta manera, lo que aparece en pantalla pero también lo que ha sucedido durante las elipsis de nueve años que pasan entre una película y otra. Y en esos silencios se han forjado los personajes y los actores. Ethan Hawke y Julie Delpy, partícipes desde la segunda entrega en el proceso creativo, han envejecido junto a Jesse y Céline y con ellos su relación sentimental. Al principio bajo la magia de una primera cita, en la segunda entrega entre los recuerdos de lo que podría haber supuesto en sus vidas un nuevo encuentro y, en la última película, unidos y con dos hijos, sumidos en el desencanto y los reproches habituales del matrimonio rutinario. Ahí, Antes del amanecer se desmarca como película capital del cine indie americano. En la capacidad para ficcionar una historia de amor trazada con jirones de experiencias que el propio Linklater y la pareja de intérpretes han ido imprimiendo al guión mientras sus rostros se avejentaban junto a los de unos personajes que aman y sufren de la misma forma que sus creadores.

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